Heridas del corazón

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Las heridas del alma son las que más tardan en curar, no son como las heridas en la piel que se cierran enseguida forman su postilla y al poco tiempo mudan la piel y hacen que esa costra se vaya, haciendo que con el paso de los días apenas te acuerdes de ella.


Las heridas del corazón no tienen nada que ver. Permanecen abiertas y profundas al principio, y necesitan mucho tiempo para empezar a cerrar. No son capaces de cerrarse de forma fácil y cuando parecen empezar a formar callo, a veces por causas ajenas o porque tu misma alma se hace débil vuelve a abrirse, vuelve de nuevo a sangrar y a doler.


¡Que fácil sería todo, si pudiésemos poner cataplasmas, y pomadas al corazón!, ¡Si pudiésemos curarlo con agua oxigenada y soplar para que su resquemor no nos doliera!. Pero eso no es posible, no es posible cuando se siente, cuando entregas tu alma a las personas que te importan, cuando sientes con todo tu ser y cuando notas que las punzadas en tus entrañas son demasiado fuertes.


El único remedio, la única cura para hacer que las heridas del alma se vayan curando es el tiempo. A veces lento, otras veces por el contrario rápido, veloz y que te hace ser más fuerte.

Nuestra agua oxigenada, el yodo que hará que nuestras heridas formen callos, dejen huella pero puedan permanecer cerradas, es el tiempo y la paciencia.


Con el paso de éste, se deja de sentir el amor no correspondido, la amistad truncada, el fracaso de un familiar, la pérdida de un ser querido o la decepción con tu gente. Solamente el tiempo hace que las cosas se vean desde la distancia, con objetividad y hace que el dolor no termine pero que merme en intensidad y nos da la fuerza para seguir con el día a día, con cada nuevo despertar, con lo cotidiano y lo maravilloso que nos da esta vida.


Simplemente vivir. Las cosas buenas, alegres y divertidas, pero también las malas, las tristes y debastadoras, porque sin tener de unas y de otras no nos convertiríamos en personas completas, maduras y verdaderas.

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