Tu vagón diario

En un lugar cualquiera, bajo un cielo cualquiera, bajo un techo cualquiera o sin techo que te resguarde. En una ciudad cualquiera, en un barrio cualquiera y una calle cualquiera, se esconde un corazón único que para nada es cualquier corazón.
Está herido y abatido, le pesan las piernas y los brazos, la cabeza no para de dolerle y sus pensamientos no paran de volar de un lado a otro buscando una salida o una respuesta que nunca llega. Se encuentra en medio de la oscuridad, con una linterna sin pilas y con la pereza como aliada pegada a sus dedos.
Intenta luchar y subir, levantar el vuelo, romper esa camisa que le resguarda un poco del frío y la lluvia y hacer que su corazón de nuevo emita latidos libres, que le hagan sonreír que le hagan creer en lo que antes creía, sin remordimientos y sin echar culpas a si mismo, a los demás o al mundo.
La compasión por uno mismo pasa por diferentes estados, desde la incredulidad, hasta la desazón, Te montas en un vagón destartalado de madera que te lleva por una vía de metal corroída, y cuyo viaje no es igual que el de los parques de atracciones, cuyo tiempo de trayecto está delimitado y tiene un principio y un final. No, este viaje es diferente no sabes el destino, ni las paradas si las tiene, ni cuánto durará. Lograr no estar demasiado tiempo dentro del vagón es la meta de cada día, una meta difícil de conseguir porque nada te ayuda a que se logre.


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